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El triunfo de Macri es la peor derrota que he sufrido en mi vida

Osvaldo Bayer está solo y le duele su patria, pero no se da por vencido y escribe su próximo libro. Recuerda anécdotas con el Che Guevara y confiesa su bronca con Julio Cortázar y con el abuelo de Néstor Kirchner. Imagina el festejo de sus 90 años.

 

bayer

Con sus 89 años, luego de un largo exilio, el escritor, historiador y periodista Osvaldo Bayer decidió volver a vivir a su patria. Toda su familia se quedó en Alemania. Hace pocos meses murió Marlies Joos, su esposa y compañera durante 67 años. Le pesan las ausencias de sus amigos, aunque confiesa que su casa bautizada “El Tugurio” siempre es visitada por “nuevos amigos” y periodistas. Allí vive rodeado de potus, de libros y pilas de diarios. Mantiene el mismo espíritu combativo que lo llevó a denunciar el maltrato, la explotación y la muerte de peones rurales en Los vengadores de la Patagonia trágica (llevado al cine como La Patagonia rebelde), además de las luchas de los pueblos originarios. Pero se siente solo y triste:

“El triunfo de Mauricio Macri es la peor derrota que sufrí en mi vida. Después de haber luchado tanto con mis escritos, por una verdadera democracia. No logré absolutamente nada. Me sacaron la lengua los de Barrio Norte”.

 

En “El tugurio”. Bayer guarda sus trofeos,  las chapas de las calles a las que logró cambiarles el nombre.

 

–¿Volvió definitivamente?
Sí, definitivamente. Pertenezco a la Argentina, pero mis cuatro hijos, diez nietos y seis bisnietos están en Alemania, cosas del exilio. Nos tuvimos que ir, mi mujer falleció, era una verdadera compañera, me siguió en todas mis aventuras y ahora estoy solo. Me siento muy solo, sin ganas de trabajar. Iré a visitarlos en las navidades. Yo pertenezco a la Argentina, ¿me entendés? Ahora no puedo hacerlos venir, son cosas del exilio.

 

–¿Se puede superar un exilio?
–Según las circunstancias. Si no tenés familia, sí; si tenés familia se quedan allá y la vida cambia para siempre.

 

–¿Cómo encontró a su patria?
–Muy mal. Con Macri vamos a ir de mal en peor. ¿Cómo se pudo elegir a Macri? Un hombre que no tiene ningún antecedente de nada, solo haber sido hijo de un millonario. Presidente en un país tan difícil, habiendo tanta figura política que ha trabajado tanto por el país… terrible. El triunfo de Macri es la peor derrota que he sufrido en mi vida.

 

–¡Qué fuerte esa frase!
–Son 89 años vividos, uno tiene experiencia. No sé en qué va a terminar esto, en la década del ’30, con golpes militares, a eso es a lo que le tengo miedo. Pronto va a venir el estado de sitio y la cárcel para quienes se levanten. Hay que ver si la gente sale o no a la calle, ojalá salgan. Yo lo digo después de haber luchado tanto con mis escritos, por una verdadera democracia. No logré absolutamente nada. Me sacaron la lengua, la gente de Barrio Norte. Voy a seguir, aunque toda mi vida luché y no conseguí nada. Terminamos en Macri, mirá qué triunfo. Los barrios pobres lo votaron, la señora que limpiaba en mi casa lo votó. Me lo dijo. Es el viejo mito: dicen que tiene que venir un rico para que nos vaya bien. Es una creencia de los pobres argentinos.

 

 

–¿Cómo fue su último encuentro con Rodolfo Walsh?
–¡Qué personaje! ¡Qué lindo hombre! “Yo me quedo”, me dijo. “Hay que pelearla acá”. Y yo le dije: “Yo me voy porque quiero seguir escribiendo y quiero seguir luchando”. Y tuve razón, a él lo mataron y perdimos al mejor de todos. Lo atacó la Marina con ametralladoras y él se defendió con un “revolvito”. Lo que hubiera escrito hoy… Yo empecé a hacer periodismo en Alemania y seguí en un diario en Esquel, luego Noticias Gráficas y luego me fui, dije: “¿Qué hago acá? Estoy sirviendo a una sociedad corrupta”. Pero hay que vivir en la sociedad también y buscar un lugar donde triunfar.

 

–Luego entró a Clarín y llegó a ser secretario de redacción. ¿Cómo fue su paso por ahí?
–Cuando me ofrecieron trabajar en Clarín dije: “Seguro voy a poder hacer algo más”. Roberto Noble se hizo muy amigo mío, después se murió y vinieron los tipos actuales que son una porquería, una basura, solo buscan dinero.

 

–Hizo la primera huelga y fue despedido. Algo hizo, ¿no?
–Sí, fui delegado y después me echaron. Con Noble era secretario de redacción; cuando llegó Héctor Magnetto me sacó y me puso un auto a mi disposición para que recorriera todo el país trayendo notas. Me alejó y no me publicaba las notas. Porque yo lo hacía a propósito, le hacía notas a la gente pobre (hace el gesto de corte de manga y se lo dedica a Magnetto). Hoy el diario está peor que nunca, sigue los intereses del poder, es el que más desinforma.

 

–¿Qué lee?
–Compro Clarín y Página 12 todos los días, para leer los dos extremos, lo contrario y a favor. No se puede hacer la revolución en los diarios, si no vas a parar a la comisaría. No sé cuál es la salida, yo he fracasado. Pero no me conformo, sigo luchando por la clase pobre. La revolución es el cambio.

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–Me recuerda a su anécdota con el Che Guevara.
–Sí, es cierto, el Che nos decía que había que juntar a 200, buscar un lugar en las sierras de Córdoba, tomar el lugar y hacer ejercicios militares por seis meses. Luego entraban a otro pueblo y atacaban la comisaría para conseguir armas. Al año asaltaban una ciudad más grande y a los dos años, me decía, “ya bajan para siempre, llegan hasta la General Paz y los están esperando miles de personas y con ellos van a Plaza de Mayo a la conquista y declaran la revolución de la Argentina”. Todo dicho en un lenguaje romántico y con la voz de él. En la delegación había dos mujeres que se enamoraron totalmente y se pasaron toda la noche llorando.

 

–¿Y cómo sigue la historia?
–El Che dijo: “¿Hay alguna pregunta?”. Todos estaban con la boca abierta, pero yo siempre hago preguntas y meto la pata. Le dije: “Todo muy interesante y poético, pero no nos habló de la represión. Cuando toman Córdoba, enseguida viene la represión”. El Che Guevara me miró con asco y me respondió con una sola frase: “Son todos mercenarios”. Y los argentinos que estaban ahí me miraron como diciendo: “¡Claro, boludo!”. Me di cuenta de que él no tenía armas para asegurar el éxito de la revolución. Pero hay que ser romántico para pensar una revolución. Si pensás como yo en la represión, mejor quedate en tu casa escuchando la radio. Me gustó su respuesta poética. Son mercenarios, pero tienen armas. Pero él hizo la revolución y yo no. ¿Qué le voy a discutir?

 

–En 1981, usted también quiso hacer una gesta en plena dictadura militar. ¿Cómo fue el intento?
–Muy lindo, muy romántico. Cuando acá se cambió de dictador se invitó a todos los presidentes de otros países. Pensé que todos los exiliados podíamos preparar nuestro regreso acompañados de escritores e intelectuales de todo el mundo. Era el momento de regresar, no nos iban a atacar. Hablé con Gunter Grass y me dijo: “Voy, pero la comitiva debe estar presidida por Julio Cortázar”. Osvaldo Soriano era mi mejor amigo, tengo un retrato en mi habitación, me dijo: “Es difícil Cortázar, pero vamos a invitarlo que dé una conferencia en la universidad de Berlín y lo convencemos”.

 

–¿Cómo fue el encuentro?
–Cortázar vino con su novia, una mina preciosa de 21 años o menos. Se le caía la baba, la miraba así (lo imita con la boca abierta). Los invité a mi casa, mi mujer cocinó. Le empiezo a contar el plan, la novia estaba entusiasmadísima y lo miraba como diciendo que sí. Cortázar en silencio absoluto, de pronto habla en su idioma –viste que no podía pronunciar la erre–, me mira con dureza y me dice: “Yo no quiego que me tiguen un tigo en la cabeza. Yo no voy, cuido mi vida, pogque escgribo libgros y eso es mucho más podegoso”. Se fue al diablo el proyecto. Me agarré una bronca, casi me pongo a llorar como un chico. Se fue enojado y no pudimos hacerlo. Por eso le tengo bronca a Cortázar, era un gran tipo y gran escritor, pero le falló eso, estaba enamorado como un pebete. Si estás enamorado hacelo igual y demostrale a tu novia que sos valiente.

 

–¿En qué proyectos trabaja?
–Quiero escribir un libro sobre las últimas dictaduras, ya lo empecé, no sé para cuándo lo tendré. Me he vuelto lento, muy lento, es la vejez. Antes trabajaba en dos diarios, tenía clases privadas y escribí todos mis libros, la investigación de la Patagonia y lo pude hacer con una familia y cuatro hijos para mantener. Cuando se quiere, se puede. Ahora escribo la contratapa de Página 12, los segundos sábados de cada mes.

 

–¿Qué opinión le merece el Papa?
–El Papa ha cambiado mucho. Se portó muy mal cuando en la dictadura no participó junto a los curas del Tercer Mundo. Lo que hizo con Armenia es para aplaudirlo. Lo veo muy bien ahora, brillante, como tiene que ser un verdadero Papa. Pero no les da instrucciones a todos los curas para que trabajen con los curas del Tercer Mundo. El futuro de la Iglesia es defender a las clases más pobres. Me gustaría conversar con él.

 

–¿Cómo se imagina su fiesta de los 90 años?
–No sé, para los 88 se llenó la casa de gente y no van a creer, pero se cortó la calle Arcos, a los bocinazos, ¡Qué lindo que fue! Con la gente, con el pueblo. Para mis 90 vamos a hacer lo mismo, cortar la calle, buen vino, mucho champagne. ¡Qué lástima no estuviste cuando cortaron la calle! Quiero que sea igual, que la gente entre, que haya para tomar, vamos a cantar diversas canciones y va a haber discursos de todos los que quieran hablar, y de pronto hay que decir… basta jóvenes… si no paran de dar discursos. La otra vez, uno habló con humor de mis defectos y fue el más aplaudido. Me acusaron de ser el hombre que tuvo más minas en los diarios, cosa que no es cierto. Tengo muchos amigos, demasiados, valió la pena. Bueno, ¿nos tomamos un vinito?

 

Fuente: Revista Veintitrés

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