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El costo del veto

"Hoy en uso de esta facultad constitucional que tengo, voy a vetar la ley que para mí es antiempleo, es una ley contra los argentinos, una ley que demuestra que no confiamos en nuestro futuro”, dijo ayer el presidente de la Nación Mauricio Macri. En el marco de su visita a la planta de la empresa avícola Cresta Roja, en la localidad bonaerense de El Jagüel, partido de Esteban Echeverría lo dejó en claro. Por si quedaba alguna duda.

Parece que todavía hay una espera de un guiño o un gesto por parte de Macri. Aunque ya se anticipaba, no se puede negar tampoco el sentimiento de indignación que invade e inunda algunas entrañas. Todavía en algún lugar remoto de la existencia misma cabía la ilusa esperanza residual de que el veto no se concretara.
No es casualidad que quien hoy es en la teoría el mayor representante del pueblo de la Nación, es decir, su presidente; imparta su primer rechazo a esta ley en específico. No es casualidad porque en su figura se aglutinan los sectores más derechosos de la sociedad argentina. Su primer veto es a la ley que busca proteger al pueblo trabajador y que va en contra de los intereses de los empresarios. Y quedará marcado en las páginas de la historia como una tinta imborrable. No ir en contra de ella hubiera significado para él ir en contra de sus propios intereses y de los propios intereses de quien en su figura encarna.

La disputa es conceptual. Es la que surge hace siglos y aún no cesa. La de los polos y los intermedios. La de la izquierda y la derecha y la de todas las líneas que se insertan en el tramo que entre ambas se traza. No se trata de tildar a la persona en su esencia como tal, sino como lo que en sus ideas se origina. La concepción política es indudablemente no compartida entre quienes hoy son oficialismo y quienes son hoy oposición. Y si a definiciones nos remitimos debería ser indudablemente no compartida entre las clases populares y quienes hoy son el gobierno. Pero en el entrevere conceptual se mezcla una promesa de futuro de prosperidad, un discurso de felicidad y algunos globos un tanto desinflados de una fiesta que parece no ser tan fiesta.

La derecha vuelve a golpear en el seno del pueblo empoderado. Pero el tocamiento no es el que era. Hace bastantes años que la masa trabajadora no sufre un embate que atenta contra su seno, que se imparte en el núcleo de su estabilidad. Tocar a un trabajador implica rozar a la economía de su familia y como un dominó empieza a tirar las piezas que se encuentran lado a lado. Cae el consumo interno, se reducen los ingresos de las empresas, se derrumba la producción nacional, hay más trabajadores en la calle que se buscan reinsertar en un sistema con una demanda de trabajo inmensa, comienza a volar el fantasma de la precarización laboral. Una rueda del mundo que gira y no para hasta derribar la última pieza, la de la conflictividad social. Una bomba que estalla si también se tienen en cuenta las demás medidas que le dan pólvora como la apertura de las importaciones o la quita de los subsidios a los servicios.

Sabemos de lo que hablamos cuando la historia ya fue contada una y otra vez. Cuando la epopeya fue vivida de maneras más drásticas o un tanto más sutiles. Miles de hombres y mujeres de los estratos más vulnerables han entregado hasta su vida en la lucha contra los poderosos. Dónde aparecerá el escrúpulo de los que defienden similares – o los mismos – principios económicos o políticos que sostuvieron quienes durante toda la historia del continente han ejercido las peores calumnias contra las clases populares, por no mantener una ley que prohíbe los despidos. Sabemos de lo que hablamos cuando hacemos referencia a la América oprimida y esquilmada en manos de aquellos que con su afán de todo vinieron siempre por todo. Que siguen viniendo. Desde afuera o desde adentro mismo.

Los encuestadores deben estar rompiendo sus cabezas en el intento de calcular el costo político del veto. Pero acá hablamos de otros costos. Del costo social. Del costo vital. Del costo verdadero. Del costo que sufre el bolsillo remachado del que patea la calle para yugarla.
Pero el veto no veta la totalidad. Hay concepciones que partieron de los vaivenes de este proyecto que son incalculablemente relevantes, impensadas y necesarias. La discusión está instalada y parece no tener un final colindante. Después de tiempos de una cierta quietud, los trabajadores argentinos encolumnados se hicieron escuchar en la capital del país. Después de años, las cinco centrales sindicales formaron tras un proyecto impulsado desde el ámbito político en pos de la defensa de los derechos del pueblo trabajador y de quien de él dependen. Después de múltiples rupturas políticas y chicanas, distintos bloques consensuaron su apoyo a un proyecto impulsado por los representantes del espacio que gobernó el país hasta el pasado año y que sufrió tantas críticas. Después de tanto anuncio de cambio, algo ha cambiado.
El presidente hizo un bollo a la ley y la tiró al tacho. La mandó a la papelera de reciclaje. Pero existe la lucha del pueblo empoderado, esa que el veto no la veta.

Escrito por: Paula Rossi

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