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No importa. De alguna manera hay que llegar

"Hasta que no se llega más. Ahí recién se modifican las cosas. Lamentablemente, nos criamos bajo la cultura de esperar el latigazo para, de una vez por todas, cambiar de rumbo. O no. Y seguir estrellándonos".

Por: Paula Rossi

Iba a pasar. Lo sabías vos, lo sabía yo. Lo sabíamos todos. No desde hoy. Tampoco desde ayer. Tal vez desde la primera vez que uno lo vivió en carne propia o quizás desde ese día en que un amigo nos escribió para decirnos que llegaba tarde porque se había quedado en la ruta o en la autopista. Da igual. Lo sabemos. No importa. Muchos domingos del año agarro mi valija que ya está muy baqueteada por tanto viaje, engomada con cinta scotch, y mi mamá o mi papá me llevan hasta el acceso a tomarme el colectivo. A veces no para. Y cuando sí lo hace, subo por las escaleras renegando con la manija de la cinta scotch porque queda trabada y no hay mucho lugar para mis movimientos medios torpes. Menos si es fin de semana largo. Miro el asiento y… otra vez. Un chicle de antaño que tranquilamente podría haber masticado Cristóbal Colón si en esa época hubiesen existido ya los derivados del petróleo. Igual me siento. Está tan duro que ni se pega. Leo los graffitis que engalanan el asiento anterior. Mientras suena de fondo esa melodía de fierros que chillan. Y el “agujerito” siempre roto deja salir el zonda del aire acondicionado. Me pongo la campera arriba para no tener frío y trato de inclinarme pero casi le saco las rodillas al que viene sentado atrás porque está falseado el asiento. Entonces tengo que hacer la postura de Tutankamón para que no se vuelva a repetir. Y corto clavos. (“Es clavo, no clavos Paula”). De alguna manera hay que llegar.

Hoy somos todos una subespecie de “opinólogos”. Estamos todos así sensibles. Tenemos claro el problema, las soluciones. Nos invaden avalanchas de palabras y palabrotas que tocan la puerta de la garganta para decir, decir, decir. Escribir publicación. Compartir. Comentar. Me gusta. “Mirá lo que dice este boludo”. A pesar de que todavía no se esclarece lo que pasó para que esta mañana perdiéramos muchas vidas – con toda esa carga de hermosura que tiene la vida misma – tal vez sea solo algo que sucedió por las obras de este destino que tiene una dureza que avasalla y que no se explica. O tal vez no. Nos pega fuerte.

De todas maneras se siente la necesidad de hablar. De seguir escupiendo. Porque esta es la empresa que desde hace años viene tomándole el pelo a cada uno de los que todos los días, algún día, en algún remoto momento sale con su portafolios, su bolso, su bolsita o su valija con cinta scotch de su casa para ir a la ruta o la terminal y sumergirse en esta travesía de la que se saldrá ileso o como mínimo te dejará en el camino a mirar cómo a la soja se la come la isoca. O cómo los autos no respetan la velocidad máxima en la autopista. Y todos se la van a agarrar con el único representante en la tierra que debe poner la cara por obligación de la circunstancias y la vida por obligación de las circunstancias: el chofer.

La complicidad de los sectores que se tapan los oídos ante las reiteradas quejas y se inyectan la vacuna de la corrupción en la trama de los intereses se teje a no dar más. Por el otro lado seguimos en el intento de definir el trayecto para una autopista o una autovía que nos conecte un poquito más seguros. O que nos deje de hacer sufrir.

Hoy cuando supimos la noticia todos lo dijimos al instante y al unísono: “Se sabía que iba a pasar”.

Acá estamos los obligados. Los que la próxima vez también tendremos que besar la virgencita o apelar a algo y decir: “No importa. De alguna manera hay que llegar”.

Hasta que no se llega más. Ahí recién se modifican las cosas. Lamentablemente, nos criamos bajo la cultura de esperar el latigazo para, de una vez por todas, cambiar de rumbo. O no. Y seguir estrellándonos.

santa fe al sur ruta 33

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